Pocas mujeres en puestos directivos

(artículo publicado en El País Semanal, 10 de Noviembre de 2002)

A muchas mujeres de todo el mundo les gustaría ascender a los puestos superiores de dirección o llegar a ser consejeras delegadas de sus empresas. ¿Por qué lo consiguen tan pocas?

Este estado de cosas suele atribuirse a varios motivos, la mayoría de los cuales hacen a la mujer directa o indirecta­mente responsable de su situación. Entre ellos, la idea exten­dida de que las moeres interrumpen su carrera para tener hijos y, cuando vuelven, los hombres han pasado por delante de ellas. Ésa no es la verdadera razón: basta ver el bajo índi­ce de natalidad en los países industrializados para probarlo. Pero la explicación satisface a la mayoría de la gente y susci­ta numerosos debates: si a los hombres debe concedérseles permiso de paternidad, si las supermujeres son capaces de hacerlo todo o si el Estado debe garantizar a las mujeres que su carrera seguirá siendo la misma cuando vuelvan.

Otro falso motivo muy corriente de la discriminación contra las mujeres es el relativo a su aspecto, con el argumento de que son "demasiado femeninas" para el Consejo de Administración. Como consecuencia, las mujeres ambiciosas llevan años vistiéndose para triunfar. En los años ochenta, el uniforme aceptable lo constituían los trajes de ejecutiva oscuros y con grandes hombreras y el pelo corto (pero no demasiado corto). En los noventa, el atuendo de rigor era largo, fino, negro y casi unisex. Después de dos décadas así, está claro que ninguna de estas formas de vestir ha ayudado a superar el techo de cristal. La mayoría de las mujeres siguen embarrancadas en cargos intermedios y sin perspectivas de ascenso.

Un factor importante es, todavía, que muchos jefes se muestran reacios a promover a las mujeres. Por fortuna, los machistas tradicionales son una minoría en trance de desaparición. Pero incluso los hombres que creen que las mujeres tienen derecho a una presencia propia en el mundo empresarial se encuentran con el problema de cómo promover a una mujer sin provocar rumores de que tienen algún tipo de relación indebida. Mucha gente sigue recurriendo al viejo tópico de que los hombres y las mujeres no pueden ser amigos y, por tanto, si se ve que se favorece de alguna forma a una mujer, tiene que ser por otro motivo que no sean la confianza y el respeto genuinos en la capacidad de esa persona.

No es extraño que muchas mujeres, al llegar a los treinta y tantos años, se retiren de la competición, pero es demasiado fácil atribuirlo a las presiones reproductoras. Un factor importante es la frustración por la falta de ascensos y la atmósfera en el lugar de trabajo, que constituye un verdadero campo de minas social. Las mujeres tienen que luchar constantemente contra los estereotipos involuntarios derivados del reparto de papeles en la familia tradicional. Unos estereotipos que en parte sostienen ellas mismas (ideas como "tengo que ser buena chica para que me aprecien"), en parte otras mujeres ("¿quién se cree que es?") y en parte los hombres ("las mujeres no pueden tomar ninguna decisión, lo único que les interesa son las relaciones"). Esta dinámica subconsciente puede provocar tensiones y agresividad en el trabajo, incluso entre los bienintencionados. Y llega un momento en el que mu­chas mujeres dicen lo mismo que una de 32 años a la que entrevisté: “La gente es simpática, el trabajo es interesante, pero ya no soy la mujer fuerte que era antes. Me siento cada vez más parecida al tópico femenino que nunca he querido ser: esas mujeres que están siempre enfadadas o que hablan demasiado de hombres, niños y calorías".

Es comprensible que las mujeres se harten de creer en sus posibilidades de encontrar el gran puesto cuando ven a su alrededor a hombres que pasan por delante de ellas, sobre todo cuando están esforzándose y haciendo un buen trabajo. (Irónicamente, a una mujer que hace bien su trabajo, muchas veces no se la asciende precisamente por eso: "lo hace tan bien ahí que ningún otro podría sustituirla, así que vamos a dejarla donde está").

Las mujeres se van apartando de su carrera profesional a los treinta y tantos años debido, por un lado, a su frustración con el sistema, que parece ponerles obstáculos en la empresa a cada momento, y, por otro, al temor persistente, que les expresan otros y que sienten ellas mismas, a estar "perdiéndose algo de la vida": "¿No deberías sentar la cabeza y empezar a tener hijos?". "¿Por qué no te olvidas de todo esto...?".

¿Qué puede hacer una mujer? Trabajar mucho para no quedarse al margen, mantener una imagen pública. Encon­trar un mentor o asesor entre los altos directivos. Desde el punto de vista psicológico, reconocer su propio derecho a dirigir el sistema, ser mandona, la jefa, y no tener miedo a que un puesto tan importante vaya a hacerla menos femenina (como suele decirse). Dejar siempre claro que quiere ser consejera delegada y que puede hacerlo bien.