El dogma del desarrollo sostenible es mixtificador
por naturaleza: confunde nuestras mentes de la misma manera que lo hizo, en
su momento, la idea de que la Tierra era plana, pero con unas consecuencias
infinitamente más graves para nuestra supervivencia.
Efectivamente, a pesar de todos los discursos sobre las necesidades vitales
y la lucha contra la pobreza —y de que, oficialmente, durante varias décadas
se ha trabajado a favor del desarrollo—, el número de personas
que vive en la miseria más completa sigue aumentando. La noción
de "sostenibilidad" se ha convertido en un conjuro piadoso en vez
de incitar a una acción urgente y concreta, como debiera haber ocurrido.
Sin embargo, la realidad es que 80 países tienen unos ingresos per cápita
inferiores al de hace diez años; el número de personas que vive
con menos de 1 dólar al día no disminuye en absoluto (1,2 mil
millones), mientras que el de los individuos que ganan menos de dos dólares
al día se aproxima a los tres mil millones. Siguiendo esta lógica,
una de esas personas pobres necesitaría 109 años para reunir lo
que gana en un día el jugador de fútbol francés Zinedine
Zidane.
El desarrollo sostenible ha sufrido cinco tipos de perversiones: en primer lugar,
el mundo de los negocios lo ha convertido en sinónimo de crecimiento
sostenible. En este sentido, se trata de un oxímoron que refleja el conflicto
entre una visión comercial y una visión medioambiental, social
y cultural del mundo. Así es cómo ha pasado a ser un eslogan de
las multinacionales y de los círculos de negocios. Y lo que es peor es
que, lamentablemente, ha abierto la vía a una "reacción verde",
es decir, a la progresiva desviación del movimiento ecologista hacia
un llamado "realismo de empresa". El propio término de ecologista,
como el de "defensor de la naturaleza", actualmente pueden designar
indistintamente a los que destruyen los bosques o matan a los animales para
apropiarse de su piel. Este tipo de prácticas está ahora enmascarado
por eufemismos dudosos como el rendimiento o la cosecha de los frutos de la
fauna y la flora naturales.
En segundo lugar, la idea de desarrollo sostenible ha sido pervertida por la
de "utilización sostenible", un despropósito orquestado
por una corriente que promociona el llamado "uso racional", cuando,
de hecho, oculta unas prácticas totalmente contrarias. Este movimiento
sirve de coartada a un comportamiento destructivo y, lamentablemente, en él
están infiltradas instancias clave como, por ejemplo, la Convención
sobre el Comercio Internacional de Especies de Fauna y Flora Salvajes Amenazadas
de Extinción (Cites) y la Comisión Ballenera Internacional (CBI).
así, por ejemplo, la "utilización sostenible" de los
recursos marinos permite matar ballenas, y la "utilización sostenible"
de la fauna natural ha dado lugar a una industria muy lucrativa de la carne
de animales salvajes, en particular en África. Los adeptos de la utilización
sostenible esperan convencer a los africanos y a los asiáticos pobres
de que no maten animales que les hacen ganar el equivalente a varios años
de salarios mientras que los europeos y norteamericanos ricos, amantes de los
trofeos, los cazan por placer.
Algunos ecologistas, que se han vuelto “juiciosos y científicos”,
han dejado de plantearse cuestiones morales como el comercio de las pieles o
los circos (reservados a los idealistas emotivos). Ahora bien, el que una actividad
sea económicamente sostenible no la convierte en deseable ó ni
siquiera en aceptable desde un punto de vista ético. En un discurso ante
los delegados de la caí, el director general adjunto de la Agencia de
Pesca Japonesa —que también representa a su país en la CBI—,
reveló que Tokio había firmado acuerdos de pesca con 8 países
y había gastado 400 millones de dólares en ayudas. Esto es lo
que se denomina literalmente "pescar a cambio de votos".
En tercer lugar, las empresas de los países de la Organización
de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) gastan anualmente
unos 80 mil millones de dólares en sobornos para disfrutar de una situación
ventajosa o conseguir contratos. Esta cifra, según Naciones Unidas, permitiría
erradicar la pobreza. El comercio ilícito de animales vivos y de los
productos derivados de sus esqueletos se ha convertido en la segunda fuente
de ingresos, después del narcotráfico, del crimen organizado a-escala
mundial. Este tráfico, que efectivamente constituye una fuente de ingresos
con pocos riesgos, ya ha conducido a que algunas especies, como los rinocerontes
o los tigres, estén al borde de la extinción.
En cuarto lugar, la idea de desarrollo sostenible favorece el que las grandes
firmas internacionales puedan ejercer su influencia. ¿El nuevo credo
es quizá que "el que financia a los lobbies marca el ritmo"?
Pensemos simplemente en el intercambio de acciones con el mundo de los negocios
norteamericano después de la elección de George W. Bush. Con ocasión
del Foro Económico Mundial de Nueva York, celebrado en febrero de 2002,
Richard Parsons, presidente de Time AOL, declaró —sin que, aparentemente,
esto le pareciera preocupante o raro— que "en un momento dado, las
iglesias desempeñaron un papel determinante en nuestras vidas; más
tarde les tocó el tumo a los estados, y ahora les corresponde a las empresas".
En todas partes, para resolver los males que aquejan al planeta, se exaltan
los méritos de las soluciones basadas en el mercado: filantropía,
autocontrol, responsabilidad social de las empresas y códigos de buena
conducta voluntarios. Pero ninguna de estas propuestas puede reemplazar la responsabilidad
de los estados, las políticas y la reglamentación.
Incluso Naciones Unidas se ha unido al movimiento tomando iniciativas como el
Global Compact, en el que participan cincuenta de las firmas más importantes
del mundo . En este sentido, en el periódico londinense The Guardian
se decía: "Naciones Unidas están convirtiéndose en
una especie de policía de la economía mundial, que ayuda a las
empresas occidentales a penetrar en nuevos mercados evitando los reglamentos,
que es el único medio de obligarles a rendir cuentas. Firmando la paz
con los poderosos, la onu declara la guerra a los que no tienen."
Por último, la filosofía del desarrollo sostenible también
contiene una idea despreciable: la del consumo sostenible. Mientras que en todas
partes sólo se habla de dinero y de consumo vergonzante, este término
ilustra hasta qué punto la noción de sostenibilidad se ha perdido
en los caminos de la "noviangue" tan alabada por Orwell. El desarrollo
sostenible, tal como lo define el informe Brundtland , no sólo exige
que continúe el crecimiento actual sino que se acelere de cinco a diez
veces.
Ochocientos millones de personas sufren mainutrición mientras que un
pequeño porcentaje está excesivamente alimentado. La cuestión
de la industria alimentaria pone de relieve la importancia de temas como el
consumismo, las desigualdades a escala mundial y el debilitamiento de los poderes
públicos. La apertura de un gran mercado internacional en nombre del
libre intercambio, las reglas de la Organización Mundial del Comercio
(OMC) y el control de las ayudas consolidan y centralizan la industria alimentaria:
diez compañías controlan el 60% de este sector (semillas, abonos,
pesticidas, industrialización y distribución).
Existen unos 200 tratados internacionales sobre el medio ambiente, tres cuartas
partes de los cuales han sido ratificados durante los últimos treinta
años. Sin embargo, en la mayoría de los casos, los compromisos
adquiridos con una gran resonancia mediática —en particular, en
la conferencia de Río de 1992— se han quedado en papel mojado.
O, lo que es peor, demasiado a menudo son de una total ineficacia debido a su
carácter vago y al laxismo a la hora de hacerlos respetar.
Quizá sea ya demasiado tarde para cualquier tipo de "sostenibilidad".
Probablemente, muchos procesos ya son irreversibles. La respuesta a las crisis
medioambientales o a los cambios climáticos no esperará indefinidamente
a que dispongamos de datos científicos "concluyentes". Quizá
ha llegado el momento de decretar una moratoria sobre todas las innovaciones
científicas o tecnológicas que comporten un potencial de efectos
negativos para el planeta y la sociedad.
Es cierto que la ciencia —o lo que tememos que tengamos que denominar
la ciencia empresarial— siempre parece estar a punto de hacer un descubrimiento
importante que, aunque parezca peligroso, va invariablemente acompañado
de un tropel de comentarios tranquilizadores sobre su potencial positivo (para
curar el cáncer, invertir los cambios climáticos o acabar con
el hambre)... Siempre que se mantenga abierto el grifo de las subvenciones destinadas
a la investigación.
¿No seria posible tomar una nueva dilección? Una dirección
basada en la regeneración más que en la sostenibilidad de un statu
quo insostenible, en una buena "intendencia" (una especie de "economía
ahorrativa" ) de lo que existe antes que en el desarrollo y la continuidad
desenfrenada del crecimiento? Esta intendencia tiene la ventaja de que va más
lejos que los simples principios económicos, por importantes que sean,
y puede restablecer un equilibrio dedicando una atención también
sostenible al medio ambiente, a la ética y a la espiritualidad, que son
los elementos vitales de cualquier civilización auténtica y viable.
SADRUDIN AGA KHAN es Tío de Karim Aga Khan IV, actual y cuadragésimo nono jefe espiritual de los ismaelíes, el príncipe Sadrudin Aga Khan ha trabajado sucesivamente en la Unesco, como responsable del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, ha sido encargado especial del secretario general de Naciones Unidas y ha tomado parte en la Comisión de Derechos Humanos. Es presidente de la Fundación de Bellerive, dedicada a cuestiones ecológicas.
Revista Le Monde Diplomatique, nº 85, noviembre
de 2002.