Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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La libertad de Caín

 

Ya

 

      Muchas de las filosofías contemporáneas han consagrado lo que Pierre Emmanuel llama la «libertad de Caín», al aceptar un plano de igualdad entre el crimen y la inocencia.

      Albert Camus lo había demostrado así en su libro «L'homme revolté».

      Â«Estamos en el tiempo de la premeditación y del crimen perfecto. Nuestros criminales no son ya esos niños desarmados que invocaban la excusa del amor. Son adultos, y su coartada es irrefutable: la propia filosofía transforma a los criminales en jueces... Desde el momento en que el crimen se razona a sí mismo, prolifera como la misma razón, adopta todas las figuras del silogismo. Era solitario como el grito y helé aquí universal como la ciencia. Ayer era juzgado. Hoy legisla».

      Los terroristas, los sádicos, los racistas, los anarquistas, habían tratado, cada uno por su parte, de legitimar el crimen. Marx había establecido una nueva moral, adoptando como absoluto el sentido de la historia definido por él, y de acuerdo con la cual Jruschef justifica ahora la aniquilación de millares de hombres y la destrucción, si necesario fuese, de una nación entera, para que la historia avance hacia la sociedad sin clases.

      Invirtiendo la moral cristiana proclama de nuevo las bienaventuranzas: «Bienaventurados los duros, porque de ellos es este mundo; bienaventurados los fuertes, porque ellos gobernarán la historia; bienaventurados los que hacen la guerra en favor del proletariado, porque ellos implantarán el reino de la justicia social».

      Y otro tanto habían hecho, por su parte, Sade, en nombre del absoluto del placer, y Hitler, en nombre del absoluto de la fuerza vital de la raza germánica.

      Las falsas divinidades, llámese raza, placer, libertad o materia, son siempre inhumanas. Todo absoluto que no sea el verdadero termina por aplastar al hombre.

      Por eso no es raro lo que está ocurriendo ahora en Hungría y para los verdaderos católicos no constituye motivo alguno de extrañeza. Conocíamos la precariedad de la apariencia de la paz de que «disfrutábamos» —si puede emplearse esta palabra en este caso—. El Padre Santo nos había hablado de ellos muchas veces. La raíz de los males era profunda y lo que ahora acontece lo revela, con sorpresa para muchos, pero no para los que no han abandonado en ningún momento la línea del pensamiento cristiano.

 

Impresión penosa causada por el incidente de Egipto

 

      Ahora bien, aunque no sea de ningún modo comparable, ni en violencia ni en profundidad, el otro incidente, el que las fuerzas francobritánicas provocaron en Egipto resulta, bajo cierto aspecto, más grave que el de Hungría.

      Podrá quizás extrañar esta impresión, pero son muchos los católicos que me la han expresado en Francia, precisamente porque estiman que los atentados contra la justicia internacional son más escandalosos cuando quienes los cometen pertenecen al grupo que proclama y trata de construir un orden jurídico para las naciones.

      La impresión causada por este hecho entre los «pacifistas» de buena fe ha sido muy penosa: estiman que al menos por un momento la confianza de la opinión pública en los organismos internacionales se ha debilitado, y esta pérdida de confianza y de fe moral puede ser aún más grave para el mundo que la sangre derramada sobre la desdichada tierra magiar.

      Por eso el momento actual requiere que todos los amantes de la paz reafirmen su esperanza en un orden jurídico universal. El Padre Santo ha insistido muchas veces en esta idea, pero la misma se abre paso con dificultad, porque la violencia ejerce siempre un gran atractivo sobre los espíritus expeditivos y simplistas, en función del Instinto primario de agresividad que todos llevamos en nuestro ser.

      Corremos, pues, el peligro de vernos arrastrados por los teóricos y los activistas de la violencia. Esta actitud adoptada por católicos sería aún mucho más condenable y escandalosa que profesada por marxistas.

      El deber de Pax Christi consiste, a mi entender, en este momento en reforzar la confianza de los católicos y su esfuerzo en favor de un civismo internacional, en favor de una ciudad internacional o supranacional.

      Es cierto que estamos aún muy lejos de ello y que las realizaciones actuales son muy incipientes, pero éste es el único camino posible para instaurar una paz, aunque relativa, y hay que seguirlo, contra viento y marea, en medio de la mayor oscuridad, sin perder un solo momento la cabeza.

 

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