Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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El derecho al sueño

 

El Diario Vasco, 1983-07-31

 

      Como es sabido, Dostoievski tenía costumbre de espigar temas y tipos humanos para sus novelas en las secciones de «sucesos» de los diarios.

      Sus imaginarios personajes —humillados y ofendidos, idiotas, anarquistas, bellas entretenidas, fieles prostitutas, ruinas humanas, etcétera— estaban a menudo inspirados en datos de vidas reales de pobres gentes, en las que nadie hubiera reparado de no haber tenido la «suerte» de que Dostoievski las detectase en alguna noticia local pescada al vuelo.

      Claro está que los «pequeños sucesos» han perdido ya gran parte del interés que en otros tiempos inspiraban. La gente tiene hoy cosas mucho más serias que leer en los periódicos, como, por ejemplo, las páginas de deportes y las informaciones sobre el «top-less» u otras sexografías por el estilo.

      El Larousse define los «faits divers» como hechos o acontecimientos sin importancia. Sin importancia —añadiría yo— para la sociedad o para la Historia; pero no —en modo alguno— para sus actores, los cuales muchas veces se juegan la vida en ellos.

      Vienen todas estas consideraciones a cuento de una noticia que he leído hace unos días en un periódico parisino. Si no mediase en ello la vida de un hombre yo diría que se trata de un suceso curioso o pintoresco.

      El caso es que un portugués, padre de cinco hijos que vive en la plaza «Notre Dame» de la ciudad de Grenoble, se sintió fuertemente incómodo, en la noche del 22 de julio, al ver interrumpido su sueño por las voces de un grupo de jóvenes que discutían —vaya usted a saber de qué— en la acera, justamente debajo de su ventana. Como medio para salir al paso de aquella irrupción en su vida privada el caballero en cuestión no tuvo idea más feliz que la de coger su pistola y emprenderla a tiros con los importunos gritadores. Resultado del tiroteo fue la muerte de uno de estos, un joven de origen argelino, de diecisiete años de edad que recibió un balazo en pleno corazón.

      La cosa no tiene importancia —se diría— pero sí la tiene para nuestras meditaciones sobre el destino humano y los males de la sociedad contemporánea.

      El portugués tenía, sin duda, derecho a defender su sueño porque el sueño es sagrado, sobre todo para un ciudadano que al día siguiente tiene que empezar a trabajar a las seis de la mañana. ¿Fue éste un caso de legítima defensa? Hasta cierto punto sí, porque el irascible portugués había sido atacado en uno de los más trascendentales derechos del hombre: el derecho a que le dejen dormir tranquilo.

      Pero, es claro que la desmesura de su reacción destruye por completo la legitimidad de la misma. Lo decíamos en esta misma columna el domingo pasado: la desproporción entre el ataque y la defensa hacen a ésta por completo inmoral. El caso citado, a pesar de su evidente trivialidad, puede servir de ejemplo al respecto.

      Pero, si se generaliza la cuestión un poco, aún hay algo más que decir sobre el «derecho al sueño». Todo un amplio sector de la sociedad está actualmente entregado al sueño —o a la pesadilla— de la «dolce vita». No desea saber nada de nada en la cosa pública; no se siente concernido por ésta.

      No quiere votar, ni pagar los impuestos, ni hacer acto de presencia en la calle, ni mezclarse para nada con la política ni menos aún, —«liberame domine»— afiliarse a un partido o aceptar un puesto representativo.

      Quiere —eso sí— que la sociedad le defienda; que le garantice la seguridad de su sueño. Si para esto tiene aquella que tomar medidas de fuerza, fusilar, torturar, encarcelar o lo que sea, hágase en buena hora. ¡Viva la dictadura, que es la que mejor protege el sueño de las personas honradas!

      Â¡Pobre Ahmed Benkhidi! ¡Morir así en plena juventud y en plena calle, por una cosa tan baladí, como una disputa nocturna con un hombre que ha tenido un mal despertar!

 

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