Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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Los pequeños caminos

 

El Diario Vasco, 1983-01-02

 

      Cuando yo tenía ocho o nueve años —y perdonen ustedes, este recuerdo personal— solía leer, no sé si con mucho aprovechamiento, pero sí con precoz atención, los comentarios que don Francisco Urquía dedicaba en «El Pueblo Vasco» a la marcha de la guerra y de la política internacional de aquel agitado entonces. Dichos artículos, publicados bajo el seudónimo «Francisco de Yarza», eran de un notable interés e imparcialidad, como he podido comprobar en sucesivas relecturas de los mismos, y las «personas mayores» de mi entorno solían aludir a ellos en términos elogiosos.

      Don Francisco era sacerdote católico pero, al mismo tiempo, hombre de gran libertad de pensamiento, que enjuiciaba loa asuntos, tanto profanos como eclesiales, con una tremenda independencia, rigor y modernidad. Yo no le conocí personalmente hasta el año treinta y cinco, y puedo afirmar que este conocimiento aumentó mi admiración hacia él. El aprecio que ya le tenía como escritor se vio, en efecto, acrecentado cuando pude tratarle directamente.

      En uno de nuestros largos paliques campestres, don Francisco me hizo participe de una idea con la que él estaba muy encariñado: la construcción de una red de pequeños caminos para bicicletas que, siguiendo poco más o menos los trazados de los viejos atajos de montaña, permitieran enlazar los más alejados caseríos, ventas y aldeas con el resto del mundo. El pensaba que, aparte de su interés económico, la realización de esta idea podía contribuir en gran medida a la conservación del caserío y de la cultura originaria de nuestro pueblo.

      Parece ser que el Gobierno Vasco va ahora a poner en marcha un proyecto que responde exactamente a lo anteriormente expuesto: los «bidegorri» o «caminos rojos». Para mí este proyecto tiene una gran importancia, y no tanto por su valor cuantitativo —su utilidad económica, etc.— como por lo que el mismo significa o puede significar en un mañana inmediato: el inicio de una gran política de defensa de la naturaleza y de la calidad de vida. Bajo este aspecto el proyecto en cuestión no es más que una pequeña muestra, un simple indicio al que no se le debe dar demasiada importancia, pero que en todo caso es esperanzador.

      Al hombre hay que empezar a devolverle lo que la civilización industrial le había ido quitando.

      No es cuestión de renunciar a las ventajas del desarrollo técnico y a los grandes beneficios que éste ha aportado a la humanidad. Lo que hay que hacer ahora es ir buscándole al hombre un hueco dentro de la civilización que él mismo ha creado para que pueda seguir viviendo una vida humana y natural, sin que las máquinas le aplasten.

      El proyecto de los pequeños caminos nos puede servir de ejemplo. Por malos que fuesen los caminos de otros tiempos, eran caminos humanos, caminos para hombres. En cambio, actualmente en las grandes carreteras y autopistas el hombre es calculado como un estorbo a evitar. Ya no son caminos para hombres, sino caminos para máquinas.

      Es cierto que detrás de estas máquinas está el hombre, al que se trata de servir atendiendo a sus innumerables necesidades de todo orden. Pero el camino ha expulsado al caminante, de la misma manera que la circulación urbana ha expulsado al paseante.

      Toda una filosofía de dominio ha dirigido la política de circulación en las grandes ciudades. Todo se ha hecho en función de la idea de fluidificar el tráfico. Nada, o apenas nada, en favor del peatón, más bien en contra.

      Aquí mismo, en nuestra propia ciudad, podrían citarse ahora mismo varios ejemplos de esto que vengo diciendo. Por ganar cuarenta segundos en el flujo automovilístico de un cruce urbano se despedaza un hermoso paseo, hasta el punto de hacerlo intransitable para el paseante.

      Creo que ha llegado la hora de corregir todos estos errores. Que a la ciudad se le devuelvan sus paseos y al peatón la comodidad para circular por ella debe ser, a mi juicio, un objetivo prioritario en el orden municipal.

 

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