Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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La alternativa Gandhi

 

El Diario Vasco, 1982-02-28

 

      El teórico Eric Weil llama «pueblos felices» a aquéllos que disponen de una Constitución aceptada por la totalidad práctica de los ciudadanos, unos pocos partidos políticos que realizan, de modo casi perfecto, el juego constitucional y un cuadro económico-social estable.

      Ahora bien, resulta evidente que la Euskadi de hoy no es un pueblo feliz, ni siquiera en este limitadísimo y convencional sentido «weiliano» de la palabra. Yo diría más bien que nuestra sociedad se encuentra hoy en un estado de conflicto. Pero veamos lo que esto significa.

      Lo que primordialmente caracteriza a una sociedad en estado de conflicto, es el hecho de que un número más o menos elevado de ciudadanos de la misma haya perdido la confianza en los medios políticos ordinarios y se incline decididamente a la violencia de distintos signos (golpes de Estado, revoluciones armadas, dictaduras, represiones salvajes, lucha terrorista, guerra civil, etc.).

      Sin embargo, la violencia es antagónica de sí misma y acaba casi siempre por destruir sus propios objetivos. Esto lo vio claramente Gandhi cuando se planteó el problema de la liberación de la India. El estaba persuadido de que había que pelear contra los británicos; pero quería hacerlo sin violencia, cosa que a primera vista, parece por completo contradictoria. ¿Pelear sin violencia? Esto no se había visto jamás, ni en la India ni en ninguna parte.

      La argumentación de Gandhi es bien conocida: cuando un pueblo está sometido a un estado de injusticia y los métodos propiamente políticos han fracasado, se piensa inmediatamente en aplicar la fuerza bruta. Pero —añade Gandhi— existe otra alternativa, que no sólo es superior a la violencia desde un punto de vista moral, sino que, además, resulta mucho más eficaz que ella: el Satyâgraha, la no violencia activa, poderosa arma de combate contra la injusticia.

      Gandhi insistió mucho en la idea de que su no-violencia era un medio de acción política y no una doctrina ascética.

      Â«La no violencia —decía Gandhi— es para mí un credo, el credo de mi vida; pero yo no la he presentado nunca como credo, sino como un método político destinado a resolver problemas políticos».

      Gandhi no tenía nada de ingenuo ni de soñador. Llegó a convencerse, como se ha dicho, de que con los británicos jamás podría llegarse a alcanzar el fin perseguido, es decir, el «swaraj», la independencia de la India, y que —por tanto— había que hacer lo necesario contra los colonizadores británicos para que se fuesen del país.

      Pero lo original de Gandhi era que su modo de luchar contra los ingleses no tenía nada de destructivo, de sangriento o de mortífero. Aquí se nos plantea inevitablemente la siguiente cuestión: la idea de Gandhi ¿es realmente exportable a otros horizontes? Por ejemplo, ¿no sería absolutamente ridículo el querer aplicar métodos gandhianos a situaciones tan violentas como las de Chile, El Salvador, Turquía, Polonia o Afganistán?

      En los momentos actuales estos temas son objeto de discusión entre jóvenes no-violentos de diversos países. Así, un reciente artículo de la revista «Esprit» nos informa de una especie de polémica entre militantes del MAN (Movimientos de Alternativas no Violentas), la cual me parece muy significativa.

      En síntesis, podemos señalar los posicionamientos contrapuestos: algunos no-violentos estarían dispuestos a practicar el Satyâgraha como medio de ascesis o de perfeccionamiento personal, pero excluyendo de él todo lo que fuese política o lucha política. Otros, por el contrario, pretenderían utilizar la N.V. precisamente como arma política, a condición de que se prescindiese por completo del fondo ético-religioso de la misma.

      Pues bien, yo me atrevo a sugerir la idea de que ambas posiciones son erróneas.

      En primer lugar, no se puede privar a la N.V. de su dimensión de arma política y social, porque esto acabaría por convertirla en un platonismo más. Pero tampoco se puede creer en una acción no-violenta desprovista de su sustancia ética.

      A mi juicio, es necesario afirmar con rotundidad que las técnicas no-violentas no sirven para nada cuando se las corta o separa de sus auténticas raíces espirituales, ya que en estas mismas raíces es donde, en definitiva, radica la fuente de eso que alguna vez hemos llamado la energía moral. Esa tremenda fuerza humana, que es capaz de allanar montañas y que constituye la clave real de la no-violencia.

 

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