Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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Cultura y oficialidad

 

El Diario Vasco, 1982-01-17

 

      Una científica francesa llamada Marianne Schaub ha dado cuenta recientemente en un artículo titulado «El duro deber de publicar», de las dificultades con que tropieza un investigador para dar salida editorial a sus trabajos.

      En realidad el problema planteada por Mme. Schaub afecta no sólo a la edición de obras científicas sino a todas las publicaciones que, —por los motivos que sean— cuentan únicamente con un ámbito de lectores muy reducido.

      La edición de este tipo de obras-viene a decir Mme. Schaub —no ofrece ningún interés comercial. A las grandes firmas editoriales les resulta mucho más productivo seguir la moda intelectual del momento y lanzar al mercado obras fácilmente vendibles.

      Como consecuencia de ello muchos autores de valía se ven obligados a acogerse a las publicaciones oficiales u oficialmente subvencionadas. Pero —siempre según la autora del artículo mencionado— esta vía editorial presenta muchas dificultades prácticas e incluso implica con frecuencia cierta sutiles «hipotecas» políticas que cualquier verdadero intelectual tiende a rechazar por principio.

      Es evidente que en una sociedad de consumo la industria editorial es una industria como cualquier otra y tiene, por tanto, que atenerse a las reglas generales del juego.

      Todo editor está obligado a vender sus «productos»: libros, revistas, periódicos, etcétera, a fin de asegurar a los capitales que maneja el rendimiento exigido en cada momento por el inexorable mercado del dinero. Vendibilidad y rentabilidad son, en efecto, los dos grandes criterios de la producción industrial en una sociedad consumista y a los mismos deben también atenerse, como es natural, las empresas productoras de letra impresa.

      De lo que acabamos de decir se deduce la bárbara conclusión de que para un editor que conozca su oficio una obra no será buena o mala por el mayor o menor valor cultural, literario, científico, artístico o didáctico de su contenido sino, casi de modo exclusivo, por mayor o menor su comerciabilidad. Resulta pues de modo claro que según el criterio consumista un libro será bueno si se vende y malo si no se vende.

      Un «best-seller» es un libro que se vende muy bien pero no por eso es necesariamente un buen libro. La ignorancia y el mal gusto literario son vicios intelectuales o estéticos muy extendidos. Pero «el hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no convierte a estos en virtudes» como muy sabiamente escribió el Sr. Erich Fromm.

      Ahora bien, cuando se trata de una lengua de gran extensión como el inglés los problemas a que nos hemos referido antes tiene mucho menos importancia porque en realidad puede haber salida para todo. Pero la cosa se pone terriblemente peliaguda para idiomas como el euskera que sólo alcanza a un «micromercado» editorial absolutamente insuficiente desde el punto de la financiación.

      Sólo cuando la escuela y las campañas de alfabetización hayan logrado colmar este vacío podrá el libro vasco alcanzar una comerciabilidad aceptable; pero para esto hará falta tiempo, diez o quince años por lo menos, y el enorme esfuerzo de una multitud de personas desinteresadas.

      Durante todo este período de reconstitución del euskara el libro vasco tendrá pues que vivir de la protección económica oficial y nadie deberá ver en esto una especie de privatización de los recursos públicos.

      Que hoy por hoy la obra literaria o científica editable en euskara distará mucho de ser perfecta, es cosa obvia, dado el estado en que la lengua y la cultura vasca se encuentran.

      Pero el perfeccionismo es casi siempre virtud —o vicio— estéril, propio de gentes inoperantes. Quizás tengamos que recordar aquí aquel sabio y elemental principio de que «lo mejor es enemigo de lo bueno».

      Adelante pues los operarios y que a ellos se junten pronto los críticos a ver si entre todos hacen algo bueno, aunque —seguramente— no será lo mejor imaginable.

 

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