Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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El consenso

 

El Diario Vasco, 1980-06-22

 

      La palabra «consenso», tan traída y llevada en estos últimos tiempos en los medios políticos españoles, merece un análisis un poco cuidadoso, porque —quiérase o no— en torno a ella ha girado una buena parte de la mecánica parlamentaria en el primer período de la actual legislatura.

      Tras el debate de la moción de censura, piensan algunos que se han consumido las «mieles del consenso» y que ha llegado el momento de que se proceda a un severo recorte de posiciones. La formación de una mayoría estable —dicen— hará innecesario el consenso y se entrará en un nuevo período político de mucho mayor claridad y contundencia que el anterior.

      Yo no creo, de ninguna manera, que esto sea así. Es decir, que una mayoría estable, no sólo no debería pensar en suprimir el consenso, sino que habría de apelar a éste como algo todavía más conveniente y necesario que antes.

      Pero, ¿qué es el consenso? ¿Qué significa realmente esta palabra?

      La palabra en cuestión fue inventada —según parece— por Cicerón, casi al mismo tiempo que otras que él fue el primero en llevar a la literatura escrita. «Consensus» quiere decir para Cicerón efectiva y profunda unanimidad. Conformidad de sentimientos («consensio») y también cierto gusto o «arte de cantar juntos» («contentio»). Cuando se ha logrado el consenso, todos están, en efecto, satisfechos, todos desean «cantar juntos».

      Es cierto que, en el transcurso del tiempo, la palabra consenso ha ido perdiendo nivel: del «consenso-unanimidad» se ha ido pasando al «consenso-contrato».

      Pero para Cicerón consensuar sería mucho más que consentir. Un acuerdo tomado por la fuerza no es, evidentemente, una forma de consenso, ni siquiera —hablando con propiedad— se le puede denominar «acuerdo». Ahí está, por ejemplo, la famosa conferencia de Munich, a la que nadie pretendería hoy considerar como un acto de consenso o un acto consensuado.

      Tampoco un acuerdo tomado por mayoría de votos implica siempre un verdadero consenso. Es, de alguna manera, una forma particular de imposición realizada casi a la fuerza.

      Está claro, que en democracia se ha de buscar siempre el consenso, por encima del simple consentimiento y de la mera imposición mayoritaria.

      El diálogo parlamentario, debe servir precisamente para buscar ese consenso, ese mutuo convencimiento que es la clave de la idea democrática. La mayoría, aunque sea estable, y el gobierno, aunque sea monocolor, deben huir siempre de cualquier forma de dictadura parlamentaria que desconozca olímpicamente los derechos y las razones de las minorías.

      Ahora bien, en la práctica parlamentaria del último período, la palabra «consenso» ha degenerado terriblemente y ha venido a significar un acuerdo adoptado entre dos partidos, de espaldas a las restantes minorías y a la propia asamblea parlamentaria.

      De esta manera se ha podido legislar más rápidamente y más cómodamente, sin duda. Pero se ha esquivado la discusión abierta, lo cual, en términos democráticos, es muy peligroso. (Discusión abierta en el interior de cada partido y debate parlamentario ante todo el pueblo o los pueblos del Estado).

      De esta suerte, la deliberación parlamentaria ha venido a adquirir el aspecto de una grande o pequeña farsa, en la que se hace como que se discute, como que se discrepa, como que se vota y como que se acuerda, cuando en realidad el resultado de todo este «pseudo-diálogo» estaba ya «consensuado» de antemano.

      A esto, o a algo muy parecido, llamaba recientemente el señor Carrillo el «gitaneo de pasillos». Yo no sé si el líder comunista diría esto pensando exactamente en el «consenso», pero no cabe duda de que su expresión podría servir de perfecta definición al consenso, en su acepción actual y modernísima, que cabalga entre lo picaresco y lo mefistotélico.

      Sin duda todo este trapicheo —este querer hacer pasar las leyes de contrabando— no es una invención caprichosa. Proviene de una terrible necesidad, porque en la situación actual la función de gobernar transcurre entre enormes dificultades que nadie ignora y que la oposición tampoco desconoce.

      El filósofo catalán Jaime Balmes escribió en 1840, refiriéndose a la España de su tiempo —que no era, sin duda, menos azarosa que la actual— las siguientes significativas palabras: «Aquí hay todas las opiniones, todas las escuelas, hombres de todos los siglos. Españoles que todavía están en la época de Carlos II y partidarios de la Convención. Y, no obstante, si ha de haber Gobierno, si ha de haber nación, es necesario arreglarlo todo, armonizarlo todo. Ver cómo se puede conseguir que vivan en paz, sin chocarse y sin hacerse mil pedazos, enemigos tan irreconciliables».

      Después de leídas estas palabras uno se imagina al filósofo corriendo desalado, de un lado para otro, tras los pedazos del Estado, para intentar luego recoserlos o recomponerlos de alguna manera.

      Pero lo más extraño y notable de nuestro caso, lo que aumenta nuestra confusión actual, es que los enemigos de hoy, ni son tan «violentos e irreconciliables», como decía Balmes, ni tienen el menor deseo de «chocarse», ni de «hacerse mil pedazos» entre sí. Diríase que aquí no sólo no falta el consenso, sino que hay demasiado consenso y demasiadas ganas de «cantar juntos».

      Comparándolos con los partidos de la segunda república, es asombrosa la capacidad de convivencia de estos partidos de ahora. Programas y posturas que teóricamente debieran ser antípodas, coinciden o se asemejan extrañamente entre sí.

      Ahora bien, este fenómeno que comentamos no es exclusivo del Estado español. Aparece también en otros países. ¿Cuál es la causa? La Humanidad está cansada. No desea nuevas revoluciones. Se contenta con ir tirando como pueda, en medio de las dificultades, hacia un futuro gris y absolutamente imprevisible.

      La falta de verdadera oposición a que acabamos de aludir es un signo al que ya apuntaba Marcuse cuando hablaba del bi-partidismo americano. «Cada vez es más difícil —dice Marcuse— establecer una diferencia entre los grandes partidos: tienen el mismo grado de hipocresía y utilizan los mismos clichés.

      Algo de esto parece que está ocurriendo también aquí. Convengamos —señores— en que, en medio del barullo, también aquí estamos ya empezando a entrar en el modelo marcusiano de la sociedad unidimensional.

      Sin que esto quiera decir —claro está— que, por debajo de ésta, no existan —sordos y amenazadores— grandes, difíciles y dolorosos problemas, de los que todos tenemos mayor o menor experiencia.

 

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