Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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¿Universidad Vasca?

 

Deia, 1977-11-09

 

      El Decreto de veintitrés de Septiembre último autoriza a la Universidad de Bilbao para que, «si así lo estima conveniente su Junta de Gobierno», pueda solicitar el cambio de su denominación por otra «más expresiva», es decir, más acorde con el carácter «culturalmente vasco» de su nuevo distrito.

      Aunque parece aconsejarlo, la disposición no impone, pues, el cambio de nombre. La Junta de Gobierno pudo, por tanto, haber aplazado su decisión a este respecto hasta mejor oportunidad: pero no ha sido así. En su primera reunión después de la creación del nuevo distrito ha acordado solicitar nuevamente del Ministerio que el nombre de la universidad sea en el futuro el de «Universidad Vasca», sin que tengamos noticia de que al mismo tiempo haya tomado la menor medida para empezar a «vasquizar» de hecho a la citada institución.

      Esta actitud deja a la opinión vasca, interesada en este asunto, un tanto perpleja. Buena prueba de ello es el comunicado que docena y media de profesores, investigadores y universitarios vascos han dirigido a la misma Junta de Gobierno, rechazando la denominación propuesta de «Universidad Vasca».

      Dos razones alegan en apoyo de su postura. La primera de ellas es la exclusión de Navarra del nuevo distrito.

      Para valorar debidamente este argumento, hay que tener muy en cuenta que la solución que el Decreto ha dado al problema de la capitalidad del distrito, debe ser considerada como transitoria o provisional. Así lo dice expresamente el artículo tercero del propio Decreto: «El Rectorado de la Universidad radicará provisionalmente en Bilbao, sin perjuicio de que pueda desplazarse allí donde funcionalmente se estime como de especial atención para los temas de su competencia».

      De esta manera el legislador, procediendo sabiamente, ha dejado la puerta, abierta para que puedan realizarse las aspiraciones de los parlamentarios vascos, que habían pedido, en su solicitud al Ministerio, que la cabeza o capitalidad del distrito se situase en Pamplona.

      No hace falta insistir aquí sobre la importancia de este aspecto de la cuestión. Siendo la universidad el «alma mater» de la cultura de un pueblo y Navarra, la madre de Basconia, parece que estas dos «maternidades» deben forzosamente conjugarse en el momento de crear una universidad que pueda llamarse vasca.

      Si, bajo los aspectos político y económico, el hecho de la separación de Navarra es ya un quebranto grave para nuestro pueblo, en el orden cultural tal separación carecería por completo de sentido. Una pretendida universidad vasca sin Navarra, completamente al margen de Navarra, sería un contrasentido radical, un monstruoso cuerpo sin cabeza.

      Lo prudente hubiera sido pues aguardar a que se realizase nuestra feliz restitución cultural a Navarra, suceso que, según parece, puede estar próximo. Que la Junta de Gobierno se haya apresurado a zanjar por su propia cuenta, sin contar con el País, una cuestión tan importante como esta del nombre, es, por lo menos, extraño.

      En efecto, como dice el comunicado que comentamos, la denominación de «Universidad Vasca» debe reservarse para una institución que responda más satisfactoriamente que la actual universidad a las exigencias de la cultura vasca y a las aspiraciones sociales de nuestro pueblo.

      Lo más grave del caso es que —si la propuesta de la Junta de Gobierno prosperase— los partidarios de una genuina universidad vasca nos veríamos incluso privados del derecho a usar este nombre para designar a las realizaciones más auténticas de esa idea.

      La Universidad Vasca —cuando exista— deberá ser una amplia institución en la que la cultura, la lengua y el genio vascos ocupen el lugar que les corresponde. Y si esto no es así, no será nada más que una falsificación en la que la etiqueta no se corresponde con la mercancía.

      Â¿Aceptaría alguien que se llamase «Universidad española» a una universidad en la que la gran mayoría de los profesores ignorasen la lengua castellana, y la historia y la lengua hispánicas, no tuvieran parte alguna en las enseñanzas que en ella se dieran?

      Si, —por un imposible— el rey José hubiera tenido la veleidad de crear en Madrid una universidad napoleónica, en la que sólo se enseñase en francés y sólo la cultura francesa y, si por añadidura, el fundador hubiera tenido el tupé de llamar a esta universidad «Universidad Española», ¿no hubiera sido esto una especie de insulto al pueblo hispánico?

      Confieso que esta comparación puede ser exagerada —«comparatio non est ratio»— entre otros motivos porque la lengua castellana es la que hoy en día habla la mayoría del pueblo vasco y porque querer obligar a la universidad vasca a que hablase solamente en euskera seria condenarla a la desaparición.

      Pero notemos que la injusticia no está en que una llamada Universidad Vasca emplee el castellano como vehículo lingüístico, sino en que la lengua vasca no tenga cabida alguna en esa institución, en que sus profesores ignoran esta lengua, en que la historia y la cultura vascas esten por completo ausentes de la misma, etcétera. Está claro que sin estas condiciones mínimas no cabe hablar honradamente de Universidad Vasca.

      Hasta ahora la universidad parece haber sido concebida más para destruir que para avivar el espíritu de nuestro pueblo. Avivar este espíritu debe ser, sin embargo, uno de los fines más importantes de una Universidad Vasca.

      Â«Queremos la universidad, en primer término, para fortalecer y perpetuar la vida del espíritu vasco» —dijo en Pamplona, en el segundo Congreso de la Sociedad de Estudios Vascos, en 1920, el Catedrático D. Tomás de Elorrieta.

      Seguramente, la Junta de Gobierno de la Universidad bilbaína, al proponer la denominación «Universidad Vasca», ha querido perseguir un buen fin, o emprender un buen camino hacia una futura vasquización de nuestra enseñanza pública.

      Pero, en el momento actual, tal decisión resulta equívoca y, por lo que hemos dicho antes, casi ofensiva para los «euskaltzale» que en este momento trabajan con entusiasmo para que la verdadera Universidad Vasca sea posible en un porvenir inmediato.

      Hubiera sido mucho mejor no agitar esta cuestión, buscar para la Universidad de Bilbao un nombre más discreto y menos problemático. Evitar que tuviera que ponerse sobre el tapete de modo descarado, una cuestión tan vidriosa como ésta.

      Esperemos que la desdichada propuesta no encuentre eco en esa lejana estratosfera que solemos llamar a veces «la superioridad», o también «la administración central».

 

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