Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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«¿Ni tort ni raison?»

 

El Diario Vasco, 1968-06-09

 

      El marqués de Condorcet decía en 1784, razonando a partir del cálculo de probabilidades, que las guerras, las revoluciones y los actos de violencia serían cada vez menos frecuentes y más improbables en el porvenir. Sin duda, la historia no ha dado la razón al marqués de Condorcet ni lleva tampoco traza de dársela en el futuro.

      Creo que todo ha sido ya dicho sobre la muerte de R.F.K. Todos los lugares comunes, y algunos otros menos comunes, han sido ya utilizados con motivo de este suceso. La consternación de la humanidad ha sido expresada en los más diversos tonos. Se ha repetido, una vez más, lo de «no encontramos palabras» y el «condenamos la violencia en todas sus formas». No han faltado las consideraciones políticas, para denunciar la barbarie americana y la inmoralidad del mundo capitalista, sea para cantar el «¡Qué bien se vive aquí!», melodía a la que estamos ya harto acostumbrados.

      Â¿Y nosotros qué deduciremos o qué induciremos de todo esto? Poco o nada nos queda por «aducir».

      Este suceso ha tenido la virtud de entristecernos a casi todos, sea cual sea nuestra forma de pensar sobre la democracia americana. No por la mayor o menor simpatía que la figura del senador pudiera inspirarnos, sino porque, una vez más, se nos ha revelado la esencial fragilidad de la condición humana, de este vivir-para-la-muerte al que, hablando racionalísticamente —fe religiosa aparte— nos vemos condenados por la fatalidad que nos sacó del caos de la inconciencia.

      Si nada trasciende, si todo muere, ¿qué más da ser Kennedy o Sirhan? Si es verdad que «post mortem nihil est» (nada hay después de la muerte) y que «ipsaque mors nihil» (la misma muerte no es nada), al decir de Séneca el Trágico, ¿qué más da ser víctima o asesino, opresor u oprimido?

      Ante el crimen en sus infinitas formas, Camus se plantea este mismo problema en su prólogo a «L'Homme revolté»: «Si no se cree en nada, si nada tiene sentido, y si no podemos afirmar ningún valor, todo es posible y nada tiene importancia. No hay ni «pour» ni «contre». El asesino no tiene «ni tort ni raison». Se pueden atizar los crematorios como se puede uno dedicar a curar a los leprosos. Malicia y virtud son azar y capricho».

      Es el «¿qué más da todo?» de nuestro Unamuno.

      Â¿De qué valen las condenaciones de los que no creen que exista el bien y el mal de un modo distinto a como puedan existir el calor y el frío, la encefalitis o el cólera morbo?

      Mientras se siga creyendo que el ser bueno o malo es algo como tener las narices largas o cortas —así me decía, una vez, un médico inteligentísimo y joven amigo, ya difunto—, no se puede condenar a ningún asesino o grupo de asesinos, a no ser en nombre de la lucha por la vida, la ley de la jungla.

      Sólo la fe en la trascendencia de las conductas humanas puede devolver un sentido moral a los actos de los hombres.

      Con esta visión moral en los ojos del espíritu, el espectáculo de la muerte de Kennedy sólo puede producirnos tristeza. Tristeza por nosotros y por nuestra Humanidad.

 

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