Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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El lenguaje

 

El Diario Vasco, 1960-07-31

 

      El lenguaje, este mirífico instrumento que usamos constantemente sin apenas reparar en él, se presta a análisis y consideraciones del más alto interés. La literatura sobre este tema, visto bajo aspectos muy diferentes, es abundantísima; motivo para mí de apasionante lectura en estos días de vacaciones.

      Gracias al empleo de técnicas científicas depuradas, desde la espectrografía hasta la estadística matemática, los especialistas de las cuestiones semánticas han hecho una porción de descubrimientos reveladores. Entre las ciencias del hombre, la Semántica o ciencia del lenguaje, abrazando una gran diversidad de temas humanos, es hoy, sin duda alguna, uno de los saberes primordiales para el conocimiento antropológico.

      En realidad, el lenguaje no es sólo un medio de comunicación entre las conciencias individuales, un sistema de información en el que el principio de la economía de los signos alcanza, por cierto, un grado de perfección formidable, sino también el medio principal por el que la conciencia se revela a sí misma. Mucho más que a los otros nos hablamos a nosotros mismos en ese discurso interior de cada alma que es la maravilla de las maravillas.

      El lenguaje constituye, ciertamente, un fenómeno social eminentemente comunitario; pero es también una realidad típicamente personal, propia y exclusiva de cada sujeto.

      Cada hombre tiene su lenguaje, su mímica, su léxico, su fonética especiales, es decir, todo un sistema de expresión privativo suyo, tan inconfundible como la fisonomía o las huellas dactilares del propio individuo. En este sentido podemos afirmar que el lenguaje es un hecho personalísimo.

      Cada autor juega, por así decirlo, con una batería limitada de palabras y de conceptos constitutiva de su universo mental. Cada espíritu lleva dentro, en el fondo, un bric-à-brac de ideas y de vocablos, extraña mezcolanza de heredadas riquezas y de elementales baratijas; es como un bazar mágico de donde el pensamiento extrae a cada paso variedad inmensa de combinaciones lingüísticas y silogísticas.

      Se han hecho estudios monográficos-estadísticos sobre el léxico de cientos de escritores. El americano Van der Beke ha aplicado, por ejemplo, este método al lenguaje de Baudelaire en «Las flores del mal» revelando la existencia de «palabras claves» típicas de la concepción poética «baudelariana». Así la palabra «ángel», que en una clasificación de frecuencias en el uso ordinario del francés ocupa el lugar 2.420, es elevada en el lenguaje de Baudelaire al lugar 27; la palabra «perfume» pasa del puesto 1.810 de la clasificación general al 44 de la típica de este escritor.

      Al parecer se pueden examinar millares de páginas de muchos libros sin que los vocablos «voluptuosidad», «demonio» y «éxtasis» aparezcan para nada. Sin embargo, Baudelaire los emplea en ese texto 30, 14 y 10 veces, respectivamente.

      Las «palabras claves» de Claudel son, por el contrario, de las más corrientes: «hombre», «Dios», «agua» y «tierra», mientras que las de Valéry resultan mucho más excéntricas, pues son «azul», «sueño» y «oro».

      Consideraciones de este género nos llevarían a la posibilidad de efectuar diversos ensayos detectivescos destinados a penetrar en los secretos de la Historia y también —¿por qué no?— en los de las almas de nuestros conciudadanos.

 

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