Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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Libertad del laico cristiano

 

Documentos, 13 zk., 1953

 

      Uno de los puntos más delicados de nuestro programa consiste en coordinar la libertad de acción del apóstol seglar con la obediencia y la sumisión que el mismo debe a la Iglesia jerárquica.

      Es evidente que hoy todos tenemos un sentido muy agudo de nuestra libertad, el cual se manifiesta de muchas maneras en las relaciones sociales de todo orden, incluso en las de carácter eclesiástico que los cristianos, laicos y sacerdotes, mantienen entre sí.

      Algunos atribuyen este fenómeno al espíritu del mal, al espíritu de rebeldía que siempre sopla en la Historia y especialmente en nuestro tiempo. Pero esta interpretación resulta parcial y demasiado simplista: en la conciencia de la libertad personal frente a cualquier poder extraño que quiera avasallarla hay mucho de bueno y de genuinamente progresivo.

      La explicación hay que buscarla sobre todo en la elevación material y cultural de los pueblos que la técnica moderna ha hecho posible. Donde quiera se mejora el nivel de vida —donde, por ejemplo, se transforma el secano en regadío y se reemplazan los medios primitivos de explotación de la tierra por una técnica agrícola moderna— se observa inmediatamente una «crisis de libertad», al irrumpir en la vida social multitud de nuevos elementos, de posibilidades y horizontes vitales nuevos que hasta entonces no existían. Claro está que estas crisis, que a veces son tan fuertes que llegan a romper las estructuras sociales, tiene también que afrontarlas la Iglesia. La liberación económica va seguida de un proceso intelectual y espiritual complicado que se refleja necesariamente en el plano de la vida religiosa, dando lugar a grandes desviaciones pero también a grandes esperanzas. Por parte de los pastores espirituales se requiere pues una perfecta adaptabilidad a las condiciones reales que les permita percibir el hecho de la transformación en toda su profundidad y acomodarse a las exigencias de la situación, de forma que su acción apostólica no se vea dificultada por razones extrañas a la esencia del mensaje evangélico.

      El laico de hoy, en general más desenvuelto, más consciente de su propia capacidad de acción, menos dispuesto a aceptar la cristalización de ciertos males sociales, más libre y personal en sus decisiones y en la organización de su vida ¿no chocará, en la Iglesia, con una concepción demasiado rígida de la obediencia y de la autoridad y con la exigencia de una maneras eclesiásticas, más sumisas y reverenciales que las suyas?

      Sin duda la actitud fundamental del católico es la obediencia. Como dice San Ignacio, «debemos tener ánimo aparejado y prompto para obedescer en todo a la vera sposa de Christo nuestro Señor, que es la nuestra sancta madre Iglesia hierárchica», y «tener para en todo acertar que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia hierárchica assi lo determina».

      Ahora bien, si estas frases tiene sentido para nosotros, los católicos, es precisamente porque creemos en la divinidad de la Iglesia. Sólo la fe nos permite comprenderlas y aceptarlas; sólo ella, imprime su genuino sentido a nuestra obediencia. En cambio, para los que no participan en esa fe son más bien una causa de escándalo y de indignación contra nosotros.

      Aplicadas en efecto a cualquier institución humana, darían lugar a la más servil e insufrible de las esclavitudes y a una abominable anulación de la personalidad, como la que, en definitiva, propugnan los comunistas al exigir un acatamiento absoluto al Partido, incluso cuando manda creer que es negro «lo blanco que yo veo».

      Los católicos obedecemos pues ciegamente a la Iglesia jerárquica pero lo hacemos así porque sabemos que está regida por «el mismo Spiritu y Señor nuestro que dio los diez Mandamientos». Este género de obediencia no sólo no empequeñece ni esclaviza la voluntad humana sino que la engrandece y aumenta su libertad.

      Se da así el hecho paradójico de que el católico exalta a un mismo tiempo como valores fundamentales de su pertenencia a la Iglesia la obediencia y la libertad, sin que vea entre ellos ninguna oposición sino un acuerdo constante y perfecto.

      En la medida en que tengamos una idea cabal de la divinidad de la Iglesia nos daremos cuenta de que nuestra obediencia ensancha nuestra libertad. En la medida en que tengamos una visión falsa, meramente humana, de esa misma Iglesia, nos sentiremos esclavizados y limitados por Ella, y la obediencia se nos hará más escandalosa e insufrible.

      No hay que extrañarse por tanto de que los católicos hagan compatible con su sentido de la obediencia un sentido muy agudo de su libertad y que este sentimiento de la libertad sea más acusado en los que se hallan más unidos a la Iglesia, por el lazo de una sumisión espiritual más honda y auténtica, como ha ocurrido muchas veces con los santos.

      Cuando tal sentimiento llega a perderse, cuando se concibe la vida eclesial como el ejercicio de una sola virtud, la obediencia, a la que lógicamente se atribuye una significación pasiva e inerte, puede decirse que la verdadera concepción católica se ha evaporado, y que la tensión característica del cristianismo no está ya ahí. Humanizando nuestra obediencia matamos la libertad. Divinizando la obediencia, exaltamos, en cambio, la libertad, hasta el máximo.

      Este principio de libertad no puede menos de reflejarse en la vida de los cristianos en la Iglesia y de traducirse en realidades prácticas, tanto en lo que concierne al apostolado como en lo que se refiere a la espiritualidad y a la vida piadosa de los fieles.

      No es extraño, pues, que el Santo Padre en diferentes ocasiones se haya expresado en defensa de la libertad, sea para subrayar en defensa de la libertad, sea para subrayar la necesidad de una opinión pública y de una diversidad de opiniones en la Iglesia, sea para aconsejar a los sacerdotes que dejen actuar con libertad, a los seglares, para destacar la importancia de la iniciativa personal y la independencia de las vocaciones en el apostolado.

      Si la doctrina es clara y precisa, su aplicación a la realidad requiere, sin embargo, un esfuerzo constante. Es fácil caer en exageraciones de uno u otro lado, tan peligrosa las unas como las otras.

      Los trabajos que publicamos a continuación insisten sobre la idea de libertad sin perder el contacto con el otro polo del problema. Acaso sea esto lo más necesario en el momento actual, precisamente para evitar que una corriente extremista, pretendiera llevar sus conclusiones hasta un punto incompatible con las exigencias del dogma y de la disciplina eclesiástica.

 

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