Carlos Santamaría y su obra escrita

 

La crisis del lenguaje

 

La Voz de España, 1948-06-03

 

      Las cuestiones relativas al lenguaje despiertan hoy un especial interés en el mundo filosófico. En realidad, va haciéndose cada vez más patente que el lenguaje atraviesa una crisis de estrechez o desacomodo en relación con la cultura de nuestro siglo. Idioma y pensamiento se encuentran, en cierto modo, desfasado, y este desacuerdo es causa de un sinnúmero de confusiones y anfibiologías.

      Los vocablos heredados por nuestra generación difícilmente pueden servir ya para expresar, de un modo preciso, el caudal de ideas originales y de nuevos matices que constituyen el aporte ideológico de nuestro tiempo. Piénsese, por ejemplo, en la inmensa distancia que separa el concepto del idioma de Demócrito —que aún vive y alienta en el corazón de los sistemas filosóficos— del que actualmente emplean nuestros físicos y se comprenderá la extraordinaria confusión que puede producirse al encerrar ambas ideas en la estrechez de un único y manido vocablo. Otro tanto podría decirse de la palabra «existir», hoy que brotan floraciones existencialistas en todos los rincones del Mundo, o del término «número», cuando la idea de número ha sufrido sucesivas y extensísimas ampliaciones...

      Alguien ha hecho notar, con evidente acierto, que toda crisis del pensamiento lleva consigo una crisis del lenguaje. No en vano el idioma se halla misteriosamente inserto en las más profundas esencias pensantes del hombre. Así, cada palabra evoca un sinnúmero de intuiciones y de experiencias, representa la reviviscencia de una multitud de generaciones pretéritas y es como el eco de una serie infinita de palabras cuya genealogía escapa, a la percepción de los más finos etimologistas.

      En cierta manera, podría decirse que las épocas armónicas de la Historia —aquellas en que se alcanza y se disfruta la plenitud de una cultura— se caracterizan por la posesión de un lenguaje en perfecto ecuación con la vida y con las ideas, mientras que las épocas críticas, épocas ascensionales, en las que penosamente se elaboran nuevas civilizaciones, el lenguaje se muestra imperfecto, premioso, incapaz de representar el proceso conceptual del momento.

      Esta confusión, esta crisis del lenguaje, se hace notar de un modo especialmente sensible en aquellas esferas que más directamente se relacionan con la organización de la comunidad social. Cuando se habla, por ejemplo, de Derecho, de Justicia, de Civilización, de Progreso, cabe interpretar estos vocablos de distintas y aun contrapuestas maneras. Evidentemente tales palabras no pueden tener el mismo significado en boca de Stalin que de Truman y cuando el Santo Padre las emplea lo hace también en un sentido propio, extraordinariamente sutil.

      Expresar el pensamiento cristiano utilizando una terminología de origen liberal, constituye un forcejeo lingüístico en el que la parte más noble, la idea, corre peligro de verse atenazada por la más inferior, la palabra. Muchas de las críticas que hoy se dirigen a la filosofía escolástica, presentándola como algo pétreo y momificado, corresponden a incomprensiones de lenguaje, hoy inevitables en nuestra gran Babel contemporánea. La palabra «libertad», por ejemplo, tiene en la historia del pensamiento cristiano un lugar destacadísimo, pues ya desde los primeros tiempos de nuestra era apareció mezclada en grandes polémicas. Hoy acuden a cobijarse bajo los venerables techos de esta misma palabra —las palabras son como la mansión de las ideas— una turba de nuevas concepciones que nada tienen que ver con las que se barajaban en tiempo de Pelagio y de San Agustín. La libertad en boca del comunista tiene también, indudablemente, un sentido que acaso ignoramos nosotros los occidentales pero, ¿qué duda cabe de que la noción comunista de la libertad es diferente, y hasta opuesta, a la noción cristiana que se representa por la misma palabra?

      Sería, pues, preciso devolver a las palabras su prístina dignidad y nobleza, restaurarlas en su primitiva ingenuidad; pero esto exigiría la elaboración simultánea de un nuevo léxico en el que pudieran refugiarse los conceptos más jóvenes.

      Dícese que los lapones poseen varias docenas de vocablos para designar la nieve: es natural que así sea en un país en que este elemento representa parte importante de la conversación cotidiana. Pero cuando los conceptos adquieren el valor de cotidianidad se hace preciso multiplicar el número de sus términos representativos. De un par de siglos a esta parte, determinadas nociones que acaso yacían olvidadas en los rincones de la Metafísica y de la Teología, se han puesto de moda y en torno a ellas ha nacido una fauna de ideas dispares, unidas sólo por la dependencia servil del vocablo.

      Utilizando una comparación vulgar, podríamos establecer un paralelo entre la crisis del lenguaje y la crisis de la vivienda. Hay una escasez de viviendas —de palabras en nuestro caso— y las ideas se hallan como amontonadas, en estrecha y no siempre armónica convivencia, dentro de un insuficiente número de vocablos superpoblados. La evolución constructiva del idioma no es, pues, lo necesariamente rápida, no guarda relación con el crecimiento de la población conceptual.

 

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