En el siglo XVIII se produjo otro ejemplo de un uso infame de la enfermedad infecciosa en los conflictos bélicos coloniales entre los imperios británico y francés. Amherst, comandante de las fuerzas británicas en Norteamérica, intentó provocar una epidemia de viruela entre los indios del noroeste de Pennsylvania que eran muy poco amigos de los “casacas rojas”. Este militar aprovechó la aparición de un brote de viruela entre los colonos para realizar un regalo envenenado a los indios: las mantas y ropas de los colonos enfermos. Se produjo un brote de viruela entre algunas tribus indias pero es poco probable que únicamente intervinieran estos fómites (mantas y ropa), ya que el mecanismo más efectivo de transmisión de la viruela es por gotículas respiratorias.
Sin embargo, el siglo XX y los albores del siglo XXI, han proporcionado pruebas evidentes del uso, tanto con fines militares como terroristas, de armas biológicas. Muchos de los hechos no están bien documentados y las noticias e informaciones se sustentan en conjeturas. Otros tras han golpeado tan directamente a los núcleos informativos estadounidenses que han mostrado el riesgo claro que supone la utilización de las armas de destrucción masiva, tan difíciles de controlar, sobre poblaciones civiles indefensas.
Durante la I Guerra Mundial (“La Gran Guerra”), los servicios de espionaje alemanes utilizaron armas biológicas en países neutrales para boicotear e impedir los suministros de animales de apoyo (caballos y mulas) y de alimentos (principalmente cárnicos) a las tropas aliadas. Los agentes infecciosos empleados fueron bacterias como Bacillus anthracis (productor del carbunco, mal llamado ántrax por los medios de comunicación en castellano) y Burkholderia mallei (causante del muermo de los caballos, asnos y mulas, pero también transmisible al ser humano). Pero fue el empleo del gas nervioso (gas mostaza) el que propició que, en 1925, se firmara el protocolo de Ginebra para la prohibición del uso de “gases asfixiantes y venenosos” que, lamentablemente, no incluía ningún tipo de vigilancia o supervisión de su cumplimiento.
El ejército japonés estuvo muy activo desde años antes del comienzo de la II Guerra Mundial en el estudio y experimentación con armas biológicas. Entre 1939 y 1942, este ejército realizó una docena de “pruebas de campo” sobre ciudades chinas arrojando cultivos bacteriológicos viables, aerosoles bacterianos o bombas con pulgas vivas infectadas con Yersinia pestis (¡se liberaban más de 15 millones de pulgas en cada ataque!).
El gobierno nacionalsocialista del III Reich no empleó este tipo de armas en sus campañas. Es un hecho que sorprende si tenemos en cuenta la cantidad de crímenes contra la humanidad que cometieron. Los ignominiosos experimentos en prisioneros con agentes infecciosos parecen haberse relacionado con el intento de comprender la patogenia (desarrollo) de determinadas enfermedades infecciosas y con la obtención de vacunas para controlarlas. Una posible explicación puede estar en un sentido puramente economicista, fundamentado en la necesidad imperiosa de la mano de obra gratuita que, para los nazis, suponían los cientos de miles de personas encerradas en campos de concentración y exterminio. Otra explicación puede ser el escaso control que se podía ejercer sobre las enfermedades infecciosas ya que estas infecciones se podían volver en contra de la propia población germana. Debemos considerar que la penicilina se comenzó a usar por los Aliados en los últimos años de la guerra y los fármacos antimicrobianos eficaces disponibles eran muy escasos.
Los ejércitos alemanes procuraban evitar aquellas regiones donde enfermedades como el tifus epidémico eran frecuentes. Los médicos militares alemanes utilizaban pruebas inmunológicas, como la reacción de Weil-Felix, para el diagnóstico del tifus exantemático y, se ha descrito que, los habitantes de una región de la Polonia ocupada se libraron de la deportación a campos de concentración porque los médicos locales vacunaron a la población con una bacteria (Proteus) que provocaba falsos positivos con la prueba de diagnóstico del tifus.
Otras entradas sobre “Armas biológicas”
Sobre las armas biológicas: palabras introductorias





[...] adicional: Armas biológicas: Introducción histórica (II) [...]
[...] Armas biológicas: Introducción histórica (II) (Figura propiedad de Elena González Miranda) junio 3rd, 2011 | Etiquetas:Carbunco, Hambruna, Hermes, Olvido, “armas biológicas”, “Estados Unidos”, “Fiebre aftosa” | Categoría: General, Microorganismos, Plagas / Epidemias / Pandemias, Un poco de Historia, Zoonosis [...]
[...] Armas biológicas: Introducción histórica (II) [...]
[...] Seguir leyendo [...]