Se sumerge en la profundidad de los tiempos de la historia de la Humanidad la creencia de que el ser humano puede padecer enfermedades infecto-contagiosas por exposición a un ambiente insano. Estas enfermedades se transmitirían por “miasmas” o “efluvios malignos” que se creía desprendían los cuerpos enfermos, las materias corruptas o las aguas estancadas. Los primeros ataques “biológicos” fueron rudimentarios y posiblemente consistieron en emplear cadáveres o fómites (objetos, ropas y otros materiales contaminados) para transmitir y diseminar las enfermedades. Se sabe que los ejércitos romanos tenían especialistas en envenenar las fuentes de agua potable de las que se abastecían las ciudades e incluso, en ocasiones, se llegaron a introducir en las ciudades asediadas vasijas con fluidos corporales de enfermos de cólera, peste o lepra. En su desaparecido tratado teórico sobre la ciencia militar (Strategemata), Sexto Julio Frontino (circa año 90) menciona dentro de las tácticas militares empleadas por los griegos y romanos, la introducción de nubes de abejas en los túneles, el lanzamiento de recipientes llenos de serpientes venenosas contra las naves enemigas, el empleo de fieras hambrientas contra los sitiados o catapultar al interior de las ciudades amuralladas carroña de animales en descomposición. Es muy probable que estas prácticas execrables hayan sido utilizadas con anterioridad por otros ejércitos aunque los datos existentes sean limitados.
Una de las pandemias mejor documentada de peste (“Muerte Negra”, transmitida por pulgas y producida por la bacteria Yersinia pestis), comenzó en el siglo XIV durante el sitio por los tártaros del puerto genovés de Kaffa (actual Feodosyia, en Crimea, Ukrania). Estos lanzaron cadáveres de víctimas de peste, mediante catapultas, al interior de la ciudad con el propósito de que la plaga se extendiera entre los defensores y se acelerara su rendición. Tanto los sitiados como los sitiadores sufrieron la grave epidemia de peste que posteriormente se diseminó por todas las costas del Mediterráneo, cuando los refugiados llegaron a Constantinopla (actual Estambul) y Génova, y desde estas ciudades al resto de Europa. Es difícil asegurar que el origen de dicha epidemia fuesen los cadáveres de los enfermos de peste, ya que los ciclos naturales de la enfermedad se ven propiciados por las malas condiciones higiénicas y las carencias alimenticias asociadas a los estados bélicos. Kaffa era un puerto importante en las rutas comerciales que se originaban en Asia Central, una zona endémica de peste selvática, y la transmisión natural es otra de las hipótesis barajadas.
Otras entradas sobre “Armas biológicas”
Sobre las armas biológicas: palabras introductorias
Sobre las armas biológicas: definición y clasificación
Armas biológicas: Introducción histórica (II)






[...] Armas biológicas: Introducción histórica (I) [...]
[...] Armas biológicas: Introducción histórica (I) [...]
[...] Seguir leyendo [...]
[...] Armas biológicas: Introducción histórica (I) [...]