Las armas biológicas se basan en la utilización deliberada de microorganismos patógenos o de sus toxinas u otros productos microbianos con el claro objetivo de provocar la enfermedad y muerte de seres humanos, animales o la destrucción de las cosechas y recursos agrarios de un país. El modo de empleo puede ser muy diverso, e incluye medios de dispersión como aerosoles, alimentos, agua o artrópodos vectores, siempre con la finalidad de conseguir un objetivo claramente criminal.
Si el número de personas infectadas mediante la dispersión de un arma biológica es elevado, o si el agente infeccioso es muy contagioso y se transmite fácil y rápidamente entre las personas, los animales o de éstos últimos a los seres humanos, puede sobrepasar la capacidad sanitaria de control en una sociedad concreta. El resultado puede ser una epidemia a gran escala o una pandemia, con grandes posibilidades de provocar una situación catastrófica mundial. Una catástrofe natural que puede servirnos de ejemplo, aunque no fue causada por ningún arma biológica, es la llamada pandemia de gripe española (the Spanish lady, 1918-1919). Esta pandemia de gripe causó la muerte de más de 20 millones de personas, sobre todo jóvenes, y provocó una convulsión dramática en la mayor parte de los países del hemisferio norte que aún padecían los estragos recientes de la “Gran Guerra”. Sin embargo, estas elevadas cifras de muertos sólo se correspondían con el 2 al 5% de las personas infectadas; dicha cifra sería mucho mayor (30%) en una hipotética epidemia de viruela (enfermedad actualmente erradicada) y superaría el 80%, en un ataque potencial con esporas de Bacillus anthracis que causara carbunco pulmonar.
La creencia de que las enfermedades infectocontagiosas se adquirían por exposición a “miasmas” o “efluvios malignos” en un ambiente insano se sumerge en la profundidad de los tiempos. Se creía que estos miasmas se desprendían de los cuerpos enfermos, las materias corruptas o las aguas estancadas. Debido a estas creencias, los primeros ataques con armas biológicas fueron rudimentarios y emplearon cadáveres o fómites (objetos, ropas y otros materiales contaminados) que podían transmitir enfermedades.
En la actualidad a los microorganismos que pueden ser utilizados como agentes de bioterrorismo se les clasifica en tres categorías A, B y C. Los agentes clasificados en la categoría A, como Bacillus anthracis, la toxina botulínica (Clostridium botulinum), Yersinia pestis, Francisella tularensis, el virus de la Viruela o los virus de las Fiebres hemorrágicas, conllevan un elevado riesgo para la seguridad de la población. Son agentes que se diseminan de forma rápida y fácil, se transmiten entre personas, con una elevada mortalidad que hace que se necesiten actuaciones sanitarias especiales para su control. En la categoría B se incluyen microorganismos con una capacidad de diseminación moderada, morbilidad y mortalidad bajas, pero que requieren una alta capacidad diagnóstica para establecer las medidas higiénico-sanitarias precisas lo más rápidamente posible. En este grupo estarían las diferentes especies de Brucella y Burkholderia, los agentes que se pueden transmitir por los alimentos (Salmonella, Escherichia coli enterohemorrágicas o ECEH -O157:H7, O104:H4- y Shigella) o por el agua y otras bebidas (Vibrio cholerae, Cryptosporidium y Microsporidium), el grupo de bacterias atípicas compuesto por Chlamydia, Chlamydophila, Coxiella y Rickettsia, los Staphylococcus aureus productores de enterotoxina B o los virus causantes de encefalitis. Finalmente, en la categoría C estarían clasificados los patógenos emergentes, como los Hantavirus, los Coronavirus del SARS (Síndrome respiratorio agudo severo) o los virus Nipah. Estos agentes son más peligrosos porque la población general carece de inmunidad frente a ellos y pueden ser manipulados genéticamente para permitir una mejor diseminación masiva y provocar una elevada morbi-mortalidad.
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