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Puntos calientes

En una entrada anterior de este blog escribía sobre los puntos calientes (Hotspots) como método para conservar la biodiversidad. Los puntos calientes fueron propuestos por vez primera por Norman Myers, ahora en la Universidad de Oxford, en 1988, y se hicieron muy populares tras la publicación de un artículo, cofirmado con otros investigadores de Oxford y de la organización Conservación Internacional, de Washington DF, en Nature en febrero de 2000. Los que leen este blog saben que no soy muy partidario de copiar textos completos pero, en este caso, Mónica Salomone publicó un muy bien documentado y estructurado artículo sobre los puntos calientes en El País, el 8 de marzo de 2000, a raíz del trabajo de Myers en Nature. El texto completo, que reproduzco a continuación, lo he tomado del blog Turcón:

Los 25 “puntos calientes” de la biodiversidad

Mónica Salomone. El País, 8-3-2000.
La mayor extinción masiva de especies desde la desaparación de los dinosaurios hace 65 millones de años está seguramente ocurriendo ahora, y por culpa del hombre. Es muy probable además que lo que se ve hoy sea sólo la punta del iceberg que emergerá del todo, según los modelos que simulan el fenómeno, a mediados del próximo siglo. Y para entonces será demasiado tarde. El tiempo que necesitaría el planeta para recuperarse sería mucho más del millón y pico de años que hace que el hombre existe como especie. ¿Cómo abordar el problema? Entre los expertos cunde el realismo, y se asume la imposibilidad de atender por igual a todas las especies amenazadas. Un grupo de científicos ha localizado 25 puntos calientes de la biodiversidad en el mundo.

Un equipo de investigadores británicos y estadounidenses ha enfocado la cuestión como un estudio de mercado, y se ha preguntado: “¿Cómo podemos proteger el mayor número de especies por dólar invertido?”. La respuesta, publicada en la revista Nature (24 de febrero), es una propuesta para concentrar los esfuerzos de protección en 25 puntos calientes de la biodiversidad del planeta seleccionados por ellos. Son áreas que cubren apenas el 1,4% de la superficie total del planeta, pero que albergan el 44% de las especies vegetales terrestres y el 35% de los vertebrados (sin contar los peces).
“Se dice a menudo que, si la extinción masiva de especies sigue al ritmo actual, entre uno y dos tercios de las especies corren grave riesgo de desaparecer en un futuro próximo”, dicen los investigadores Norman Myers, Russel y Cristina Mittermeier, Gustavo da Fonseca y Jennifer Kent, de la Universidad de Oxford y de la organización Conservación Internacional. “Nuestro análisis indica que parte de este problema se puede paliar protegiendo los 25 puntos calientes seleccionados”.
Es una estrategia que llaman de “bala de plata”: esfuerzo de máxima eficacia frente a actuaciones en áreas dispersas y a menudo delimitadas por las fronteras. Y se justifica precisamente por la propia existencia de los puntos calientes : los biólogos saben que las especies cuyo hábitat está limitado a regiones pequeñas son también las más sensibles; la pérdida de la cubierta vegetal de un punto caliente de biodiversidad es mucho más grave que la urbanización de un área de superficie mucho mayor pero más uniforme.
Los investigadores recurrieron a más de un centenar de expertos en las áreas implicadas, así como a 800 fuentes bibliográficas, para seleccionar los puntos calientes . El problema de la desigualdad de datos disponibles por áreas no les ha impedido llegar a conclusiones. Los puntos calientes seleccionados están repartidos por todo el planeta y cubren diferentes áreas climáticas: las montañas del Cáucaso, partes de California, la cuenca mediterránea -que incluye toda la mitad sur de España- y los trópicos.

Especies endémicas
En la selección se han seguido dos criterios: los puntos calientes deben contener como endémicas al menos un 0,5% de las 300.000 especies vegetales en el mundo. De hecho, 15 de las 25 áreas elegidas contienen al menos 2.500 especies vegetales endémicas, y el resto, unas 5.000 especies. Otra condición para ser punto caliente es que debe haber perdido ya más del 70% de su vegetación primaria.
Trece de los puntos calientes finalmente seleccionados han perdido ya entre el 90% y el 95% de su cubierta vegetal original. Los autores advierten de que estos criterios dejan fuera a zonas de gran biodiversidad como la Amazonia, Nueva Guinea o la cuenca del Congo, porque retienen todavía al menos el 75% de su cubierta vegetal primaria.
En cuanto a los vertebrados -no escogidos como criterio-, en los puntos calientes seleccionados hay 27.298 especies de mamíferos, pájaros, reptiles y anfibios. Los peces se excluyen por escasez de datos -se estima que quedan unas 5.000 especies por ser descubiertas-.
Tampoco se cuentan los invertebrados, que probablemente suponen el 95% de todas las especies, en su mayoría insectos. Se asume que la pérdida de plantas supone también la de insectos (el género ficus, por ejemplo, el más extendido en los trópicos, incluye más de novecientas especies, cada una de las cuales es polinizada por una especie determinada de abejas).
El equipo ha podido identificar los puntos más calientes entre los 25, los que figuraban a la cabeza según los todos los criterios: Madagascar, Filipinas y Sundaland, seguidos por la selva atlántica brasileña y el Caribe. Madagascar, Filipinas y el Caribe son especialmente importantes porque su extensión es pequeña. La cuenca mediterránea y los Andes tropicales son valorados como “candidatos hipercalientes para políticas conservacionistas”, dada su “excepcional riqueza en plantas endémicas: 13.000 y 20.000, respectivamente”, dicen los investigadores.
La pérdida de superficie sufrida por los puntos calientes da un indicio de su grado de amenaza: hoy cubren un área de 2,1 millones de kilómetros cuadrados, pero antes cubrían 17,4 millones de kilómetros cuadrados, o el 11,8% del planeta.
En el estudio se incluye también lo que a juicio de los investigadores costaría una protección efectiva de los puntos calientes : creen que se podría avanzar bastante dedicando 20 millones de dólares por punto caliente y año durante los próximos cinco años. Aunque esto es más de los 400 millones de dólares gastados en estas zonas por distintas organizaciones no gubernamentales durante la pasada década, sigue siendo “sólo el doble de lo que cuesta una única misión Pathfinder a Marte, justificada en gran parte por su importancia para la biodiversidad: la búsqueda de vida extraterrestre”, escriben con un toque irónico los investigadores.
Con todo, advierten, no debe esperarse que “la protección de los puntos calientes salvaguarde todas sus especies indefinidamente”. Cuando un área pierde gran parte de su hábitat original, y especialmente cuando el que queda está muy fragmentado, seguirá perdiendo especies incluso después de que la pérdida de hábitat haya parado.

Acciones inmediatas
En un comentario en la misma revista, los estadounidenses Stuart Primm y Peter Raven, de la Universidad de Columbia y el Jardín Botánico de Misuri, respectivamente, advierten: “A menos que haya acciones inmediatas para proteger los puntos calientes que no lo están, la pérdida de especies crecerá más del doble”. Pero creen que es también necesario extender la protección a las selvas tropicales en general o, de lo contrario, “dentro de unas décadas, la extinción de las especies aún no tan amenazadas superará a la de los puntos calientes “. Primm y Raven recuerdan que las selvas tropicales cubrían originariamente entre 14 y 18 millones de kilómetros cuadrados, de los que hoy queda alrededor de la mitad; cada década se gana a la selva cerca de un millón de kilómetros cuadrados, y un área mucho mayor se ve afectada por incendios.
Santiago Castroviejo, investigador del CSIC y coordinador general de la obra Flora Ibérica , considera el estudio de Nature como “útil y claro”, y desprende de él dos conclusiones además de las resaltadas por los autores: que siguen haciendo falta más datos y que “las estrategias de conservación deben llevarse a cabo sin tener en cuenta divisiones políticas: las plantas no entienden de fronteras”. Flora Ibérica ha publicado ya ocho tomos y cubre aproximadamente el 40% del total de la obra prevista, comenta Castroviejo, del Real Jardín Botánico de Madrid (CSIC).
Varios expertos españoles consideran que es necesario poner en marcha un plan nacional de investigación de la biodiversidad para tener más datos sobre la situación.

En la actualidad, años después de la propuesta de Myers, sigue la polémica sobre los puntos calientes: desde su sustitución por otros métodos, tal como comentaba en la entrada mencionada de este blog, hasta su dificultad para definirlos, como plantean N. Krishnankutty y S. Chandrasekaran, del Colegio Thiagarajar, de Madurai, en la India; o el estudio y ampliación de los puntos calientes, siempre según los criterios de Myers, estudiando la biodiversidad y sus cambios a largo plazo, como propone el mismo Myers, o entender la biodiversidad actual estudiando el pasado a través de la paleontología, según Katherine Willis y su grupo, también de Oxford.
La biodiversidad está en peligro, los métodos para mantenerla son varios y en discusión pero, como siempre pasa en ciencia, la propia discusión es el camino para resolver el problema o, por lo menos, para mitigarlo.

*Krishnankutty, N. & S. Chandrasekaran. 2007. Biodiversity hotspots: Defining the indefinable? Current Science 92: 1344-1345.
*Myers, N. 1988. Threatened biotas: “Hot Spots” in tropical forests. The Environmentalist 8: 187-208.
*Myers, N., R.A. Mittermeier, C.G. Mittermeier, G.A.B. Fonseca & J. Kent. 2000. Biodiversity hotspots for conservation priorities. Nature 403: 853-858.
*Salomone, M. 2000. Los 25 “puntos calientes” de la biodiversidad. El País 8 marzo
*Willis, K.J., M.B. Araújo, K.D. Bennett, Blanca Figueroa-Rangel, C.A. Froyd & N. Myers. How can a knowledge of the past help to conserve the future? Biodiversity conservation and the relevance of long-term ecological studies. Philosophical Transactions of the Royal Society B 362: 175-186.
*Willis, K.J., L. Gillson & S. Knapp. 2007. Biodiversity hotspots through time: an introduction. Philosophical Transactions of the Royal Society B 362: 169-174.

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