Los cefalópodos llevan miles de años de vida en los mares. Antes de la aparición de los peces ellos eran los depredadores por excelencia, eran los animales que desarrollaban los mayores niveles de actividad en los océanos. Pero surgieron los peces, los primeros vertebrados, y se convirtieron en los verdaderos dueños del mar. Tuvieron un éxito enorme nada más aparecer; los cefalópodos quedaron relegados a un segundo plano.
Es muy posible que la clave de un éxito tan fulgurante radique, en una importante medida al menos, en el oxígeno, o mejor dicho, en los rasgos fisiológicos relacionados con la captación del oxígeno.
Los cefalópodos nadan de una forma muy especial y son, además, muy hábiles nadando, pero esa forma de nadar es muy poco eficiente si se compara con la de los peces. La natación mediante propulsión a chorro característica de los cefalópodos es muy cara. Consume mucha energía y mucho oxígeno. De hecho, para poder alcanzar la misma velocidad, un cefalópodo ha de consumir cuatro veces más oxígeno que un pez.
El tener que consumir más energía constituye una desventaja evidente cuando la disponibilidad de alimento es limitante (y ocurre que en la naturaleza casi siempre lo es). Pero en este caso, más que el alimento, quizás es el oxígeno el elemento verdaderamente limitante. Sin quitar importancia ninguna a la mayor necesidad de alimento de los cefalópodos, el oxígeno puede constituir el problema más serio para los miembros de ese grupo, porque la capacidad de su sangre para transportarlo es muy inferior a la de los peces. Eso se debe a que la capacidad de oxígeno de la sangre, esto es, la concentración máxima que puede alcanzar el oxígeno en la sangre de un cefalópodo es la mitad que en un pez. La capacidad de oxígeno de la sangre de los peces es de un 10% (por cada 100 ml de sangre, como mucho puede llegar a haber 10 ml de O2), mientras que la de los cefalópodos es, tan solo, de un 5%. Como consecuencia de ello, los peces están mucho mejor dotados que los cefalópodos para captar el oxígeno del exterior y transportarlo a los tejidos.
El pigmento respiratorio de los cefalópodos es la hemocianina y el de los peces la hemoglobina. Por otro lado, los peces albergan la hemoglobina en el interior de los glóbulos rojos, pero la hemocianina de los cefalópodos se encuentra disuelta en el plasma sanguíneo. Por esa razón, los cefalópodos no podrían tener concentraciones mayores de hemocianina en sangre, porque al encontrarse el pigmento disuelto y no empaquetado en células ad hoc, la densidad de la sangre sería demasiado elevada y resultaría difícil y muy costoso impulsarla.
Resumiendo, los peces han alcanzado un enorme éxito en los mares debido a dos factores principales; por una parte por el modo de natación, tan eficiente, que desarrollaron, y por la otra, por las características de los pigmentos respiratorios, que propician una gran capacidad para transportar oxígeno. Se puede decir, en un sentido metafórico, por supuesto, que la capacidad natatoria y su pigmento respiratorio fueron las “armas” que permitieron a los peces destronar a los cefalópodos.


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